Neus Català, de Els Guiamets, y Joan Escuer, de Cornudella, narran su paso por Ravensbruck y Dachau.

Entrevista al Diari de Tarragona 26/10/2003:
Neus Català, de Els Guiamets, y Joan Escuer, de Cornudella, narran su paso por Ravensbruck y Dachau.

DOS VIDAS SINGULARES CON MUCHA HISTORIA A SUS ESPALDAS

Una tarraconense, única superviviente catalana de los campos nazis

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Neus Catala. Foto: http://milaarcarons.blogspot.com.es/2012/08/un-cel-de-plom-la-historia-de-neus.html

Dos tarraconenses son los protagonistas de esta historia: Neus Català, nacida en Els Guiamets, y Joan Escuer, de Cornudella de Montsant. Ella, como única mujer catalana que queda con vida de quienes fueron internados en los campos de exterminio nazis, y él, como uno de los últimos. Dicen que el tiempo lo cura todo y, sin embargo, hay cosas que ni el tiempo tendría que borrar. Una de ella es el recuerdo de aquéllos que vivieron la atroz experiencia de estar presos en un campo de concentración nazi durante la segunda Guerra Mundial. Avivar la memoria, no con interés morboso sino con voluntad de aprender del pasado, puede evitar para siempre que se repita algo así.

Neus Catala nació en Els Guiamets (Priorat), el 7 de octubre de 1915. Hija de Baltasar y Rosa, payeses, trabajó en el campo y fue a la escuela hasta los 14 años. Recuerda: «a mí no me gustaba trabajar en la viña ni en los olivos; prefería las hortalizas, porque era algo que plantabas con tus manos y veías crecer», afirma. A partir de los 15 años empezó a llevar las cuentas del Sindicato Agrícola de Guiamets. Recordando a sus padres, comenta: «Mi padre era socialista, pero del socialismo bien entendido, y a mi madre la recuerdo trabajando duro en el campo».

En el año 1931, contando ella con 16 años, «estalló la libertad con la República», comenta, «aunque en nuestro pueblo las mujeres no estábamos muy reprimidas». Con el estallido de la Guerra Civil, en el año 1936, Neus, luchadora incansable, organizó las juventudes de su pueblo y fue delegada comarcal de las Juventudes Socialistas Unificadas de Catalunya. En 1937 partió para Barcelona, donde cursó estudios de enfermería. En febrero de 1939, cuando los hijos huérfanos de los republicanos fueron llevados a Francia, ella fue para atenderlos como enfermera.

En la Resistencia

En septiembre de 1939 empezó la II Guerra Mundial con la consiguente ocupación de Francia por el ejército nazi. De los exiliados a Francia, unos volverían a España y otros se quedarían en Francia trabajando en la Resistencia. Entre ellos estaba Neus. «Cuando entrábamos en la Resistencia éramos conscientes del peligro. Teníamos un 90% de posibilidades de caer. La Resistencia empezó en las zonas de Francia donde había mujeres», añade. Muchas de ellas eran utilizadas como enlaces en la densa red de información de los pasos de montaña, puntos de apoyo, suministros. Neus se casó en Francia con el francés Albert Roiger el 29 de diciembre de 1942, más tarde muerto en deportación. El 11 de noviembre de 1943 fue arrestada en el ‘maquis’ de Turnac junto a su marido por las SS francesas por haber organizado la Resistencia en Francia.

Estuvo prisionera en varias cárceles francesas hasta que en la última, el 5 de enero de 1944, Meier, uno de los jefes de las SS, «nos reunió a todas las en el vestíbulo y nos comunicó que íbamos en tren hacia un lugar mejor», relata Neus. A principios de febrero fueron saliendo trenes con cinco días de viaje al término de los cuales estaba el campo de concentración de Ravensbrück, donde estuvo recluida durante 15 meses.

Joan Escuer, desde Cornudella

Joan Escuer. Foto: Cornudellaweb.com
Joan Escuer. Foto: Cornudellencs: Joan Escuer Gomis. Cornudellaweb.com

Joan Escuer nació en Cornudella del Montsant el 16 de noviembre de 1914. Hijo de payeses, vivió en su pueblo hasta los 18 años ejerciendo el oficio de herrero, hasta que se fue al servicio militar a Tarragona, donde se hizo músico.

En la Guerra Civil Joan fue destinado por el Ejército a Aragón en el departamento de transmisiones hasta octubre de 1936. A principios de 1939 resultó herido en el Bruc por el ataque de las tropas franquistas y traspasó la frontera a pie el día 6 de octubre de 1939.

En Francia, fue enviado a Argelers, donde convivían gran cantidad de republicanos españoles. El 14 de febrero de 1940 le trasladaron a una compañía de trabajadores especializados donde estuvo empleado en una fábrica de metales. Poco después fue detenido por pertenecer a la Resistencia. Durante meses fue internado en las prisiones de Fresnes, La Santé, Tourelles y La Compiègne, antes de ser deportado a un campo de concentración. El 20 de junio de 1944 fue llevado en tren al campo de exterminio de Dachau. Estuvo allí hasta el 2 de mayo de 1945.

Tú entras por la puerta, pero saldrás por la chimenea’, me dijeron

Joan Escuer, de 88 años, nació en Cornudella el 16 de noviembre de 1914. Afiliado a UGT desde joven, estuvo en el Campo de exterminio nazi de Dachau del 20 de junio de 1944 al 2 de mayo de 1945.

¿Qué es lo que más recuerda de su estancia en el campo?

La sed y el hambre eran la primera tortura, aunque era más terrible la falta de agua que de comida. Cuando llegamos con el tren me pareció ver a esqueletos andando. Nos quitaron todo: ropa y cualquier cosa personal. A mí me asignaron el número 74.181. No podías decir tu nombre, te tenías que identificar con el número.

¿Qué comían?

Unas 650 calorías al día. En tres meses perdí la mitad de mi peso. Por la mañana tomábamos un vasito con una especie de café y un mendrugo de unos 100 gramos de pan; había quien se lo comía de un bocado; otros, en cambio, lo racionaban en trocitos pequeños. Incluso había quien lo tostaba en la estufa. Yo le decía que le sacaba las proteínas que tenía…

¿Alguna vez perdió los nervios?

Para escarmentar te hacían presenciar las ejecuciones de los demás. Una vez nos levantaron a las tres de la mañana para formar y, en el patíbulo, vimos morir a varios… Entonces me entró un ataque de nervios que mis compañeros disimularon.

¿Recuerda a alguno de ellos?

Sí, el caso de un joven polaco al que acusaron de haber robado un perro. Lo tuvieron atado con cadenas y colgado en una puerta varios días…Descubrimos luego que los capos se estaban comiendo los perros… Otro día los SS habían pegado a un compañero 15 golpes de garrote en los glúteos…Yo me puse a cantar Muñequita linda y un SS me aplaudió. No volví a cantar nunca más.

¿Cómo se mantiene así la dignidad humana?

Nos animábamos entre nosotros. A veces te daban de beber un líquido que lo que hacía era hacerte orinar y defecar encima, con las burlas consiguientes. Muchos cogieron tuberculosis y se morían sin ninguna atención. A veces sólo por contestarles a la pregunta te pegaban sin más. Un día haciendo la cola matutina para coger los 100 gramos de pan el capo me preguntó: «¿Por qué llegas siempre el primero?». Yo le dije que porque era disciplinado. Entonces me hizo volver a hacer toda la cola otra vez con un hambre atroz.

¿Se dirigían a ustedes de palabra?

En contadas ocasiones. Nunca nos miraban ni a los ojos ni nos tocaban, porque sino se contaminaban.

¿Cómo dormían?

Dos o tres en cada cama, porque así además nos calentábamos. El frío era terrible.

¿Tenía amigos que murieron allí?

Muchos. Las chimeneas funcionaban día y noche…es un olor difícil de olvidar. Cuando entré el capo me dijo: «Tú entras por la puerta, pero saldrás por la chimenea». Yo no dije nada, pero pensé: «yo saldré por la puerta». Y así fue.

¿Qué recuerda de las SS?

Los capos eran los peores porque solían ser prisioneros o delincuentes pero de raza aria. Fueron reclutados por las SS para hacer el trabajo sucio; llevaban una gorra con una calavera y dos tibias bordadas…Eran salvajes.

‘Me sentía con vida enterrada en el país de los muertos’

Neus Català cuenta actualmente con 88 años y reside en Sant Cugat del Vallès (Barcelona). Estuvo en el Campo de exterminio nazi de mujeres de Ravensbruck, en Alemania, del 3 de febrero de 1944 hasta el 5 de mayo de 1945. Su ‘curiosidad’ y espíritu penetrante y femenino le permitieron grabar todas esas imágenes para relatarlas a la salida. Ahora cuenta ‘algo’ de lo que fue aquello.

Estamos en la madrugada del 3 de febrero de 1944, ¿qué recuerda?

Nuestro viaje duró cinco días con sus cinco noches. Con una temperatura de 22¼C bajo cero, a las tres de la madrugada, mil mujeres procedentes de todas las cárceles y campos de Francia íbamos hacia Ravensbruck, un campo de exterminio internacional para mujeres. Éramos conocidas como el convoy de las 27.000. Entre esas mujeres recuerdo que había chicas polacas y un grupo de españolas. êbamos bien ‘guardadas’ por diez SS y sus ametralladoras y látigos para caballos y diez perros dispuestos a devorarnos.

¿Qué sintió al llegar al campo?

Fue como entrar en el mundo de los muertos. Mi primera impresión fue que yo dejaría muy pronto la vida, que amaba apasionadamente. A los ocho días de llegar nos llevaron a la ducha hirviente o helada, varias veces sucesivas, que nos hacían contorsionar convulsivamente. Después nos lanzaron una camisa y unas bragas, una bata y una chaqueta, mitad estopa y mitad cabello de las que habían sido rapadas antes que yo. Las más bellas eran destinadas al prostíbulo para los ‘kapos’.

¿Qué recuerda del lugar?

Nunca podré olvidar Ravensbrück, con sus calles negras, sus barracas verdinegras, sus techos negros, su cielo de plomo, sus innumerables cuervos por el olor a carne quemada que día y noche salía por la chimenea de los cuatro hornos crematorios acompañado de llamaradas de distintos colores. Ese humo y ese olor son difíciles de olvidar… Mi juventud se acabó allí.

¿Cómo las repartieron?

A las tres o las cuatro de la madrugada, dos toques de sirena nos mandaron a formar y nos dividieron en bloques de 500. Ocupamos un barracón que había sido vaciado el día antes de un grupo de zíngaras.

¿Cómo era el barracón?

Estaba sin desinfectar, lleno de piojos. Nuestros camastros, con polvo de virutas en vez de paja, provocaban traqueítis general. Dormíamos dos en cama, si es que merece este nombre, en tres pisos superpuestos. Las noches eran horribles porque se oían gritos desgarradores de espanto y dolor de mujeres que rompían el silencio mortal de Ravensbrück. No sé qué harían con ellas los perros lobos cuyos ladridos y gruñidos se asemejaban a los de una fiera devorando carne…

¿Qué sentían allí?

Viendo todo aquello no podías llorar porque se te podían congelar las lágrimas y quedarte ciega. No siento odio, pero entonces sí odiaba a los que me maltrataron, a los que atentaron contra mi dignidad y mi vida.

¿Y de qué hablaban entre ustedes?

De que teníamos que resistir. Nos animábamos unas a otras, aunque muchas murieron porque sencillamente se electrocutaban en las vallas del campo voluntariamente. Aunque estábamos al límite de la vida y de la muerte, en nuestros momentos de soledad hicimos una pequeña coral y cantábamos; Magdalena Tambó, otra compañera, recitaba poemas; otra contaba historias que recordaba y yo me convertí en la especialista en tangos, porque me gustaban mucho… De algunas de ellas recuerdo hechos muy valientes para salvar la vida de otra o esconderla.

Actos heroicos…

Sí, aunque en otros momentos vi otras cosas espeluznantes, como una apisonadora tirada por nueve moribundas bajo la que morían pobres mujeres… A veces, cuando los hornos crematorios estaban a tope, se abrían zanjas en el suelo y se prendía fuego a los cadáveres con gasolina. Así desaparecieron gran número de judíos o gitanos. Las cenizas servían de abono o eran echadas al lago. La escasa grasa recuperada en un reguero especial serviría para engrasar la maquinaria…También se fabricaba betún.

¿Y los niños?

Las SS les hacían bajar a zanjas y bajo el cínico pretexto de protegerlos del fuego de un bombardeo, con un bombón en la mano, les prendían fuego.

¿Y sus madres?

Gritaban tanto que las encerraban en el barracón sin comer ni beber hasta que se volvían locas y las mataban. Las pobres que dieron a luz allí murieron de fiebre después de que les ahogaran al hijo en un cubo. En febrero de 1944 morían de ‘muerte natural’ unas mil mujeres por semana. Por estas fechas estábamos en el campo 11.000 mujeres y había lugar para 3.000.

Horno crematorio del Campo de Dachau

El número exacto de muertos de Dachau es imposible de saber, porque los nazis los mataban sin registrarlos en el campo. Se estima, sin embargo, que fueron unos 32.000, de los cuales se calcula que unos 200 fueron españoles. «Los hornos crematorios funcionaban día y noche», escriben Benjamín Benedicto y Francesc Tresserras en el libro Joan Escuer. Biografía d’un deportat a Dachau.

11.000 mujeres encerradas en un lugar para 3.000

Este es el aspecto del Campo de Ravensbruck. Neus, en su libro De la resistencia a la Deportación, escribe, dirigiéndose al autor de La Divina Comedia: «Dante no vio nada; reposa en paz en Rávena. Tu genio no queda rebajado, porque tú, en tu infierno, no pudiste imaginar lo impensable». En el campo llegaron a estar concentradas 11.000 mujeres.

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Publicat al Diari de Tarragona: 26 d’octubre de 2003. Reproduït a Cornudellaweb.com: 26 d’octubre de 2003. Reproduït a Cornudella Blog: 21/10/2013.
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